| Aquella Huelva era una mujer sencilla, humilde hasta el extremo y luminosa hasta el infinito, que a la caída de la tarde, esas tardes a medias naranja y a medias celeste, se sentaba en el umbral de su casa de la que nunca cerraba las puertas para ver pasar la vida. Y a su paso saludarla e invitarla a sentarse. ¡Qué no hay prisa mujer, qué el tiempo eres tú! Y la vida se sentaba cautivada por tanta sabiduría y generosidad. Y Huelva y la vida hablaban de sus cosas de mujer mientras la tarde se hacia eterna de luz. Una luz rosa que se despertaba y se iba a dormir cada día tras aquel horizonte de marismas donde ya se veía venir, como el marinero a su puerto, el futuro y sus promesas. Promesas también de cofradías, luminarias de esperanza en tiempos de post guerra a las que el onubense se agarraba en busca de ilusiones y expectativas para su vida. Y las halló en aquella casa por hacer que era la Semana Santa, bebió en al fuente antigua de la historia, de la que los judíos es herencia estampa perenne de una Vega Larga recogidamente coqueta donde la ciudad casi terminaba. Y tornó el barrio alto en Jerusalén de Huelva desde donde Jesús triunfante lo inauguraba todo para gozo de la ciudad. Aunque para triunfo, el de la madre que es también novia eterna de las colonias, alfombra de amores para ella cada viernes de dolores y razón primera de la hermandad de la lanzada. Ímpetu de barrios en una semana santa que crecía a ritmo de la ciudad y la ciudad la abrazaba con todas sus fuerzas. En la hispanidad con el cautivo que quiso ser resucitado y en Viaplana en la fe hacia un Cristo que destila piedad. Hermandades que al transcurrir del tiempo pusieron a su estela un revoloteo de palomas blancas, penachos de plumas traviesas, que forman parte ya, 10 años después, de la idiosincrasia de una Semana Santa Grande. Huelva, la mujer sencilla que sigue gustando de atardeceres y de un umbral desde donde mirarlos, se asoma también hoy al álbum de fotos de sus recuerdos y un guiño de felicidad se le dibuja cuando comprueba que el futuro y sus promesas se hicieron por fin realidad . . . |
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| Huelva necesitaba tu sonrisa de estrenos, tus esencias y destellos de olivos y de palmas, y te soñó y te creó como una puerta de entrada de sus niños a la Semana Santa, aquella Semana Santa que era tan niña como ellos, porque como ellos, apenas aún crecían. Y a lomos de Platero, radiante de triunfo y de poesía, vio Huelva nacer a su hermandad de la Burrita. Sí, a lomos de Platero, por que es Platero suave, peludo, como una bola de algodón el que aquí en Huelva lleva a Jesús. Hermandad de la Burrita, quién te ha visto y quien te ve, forjada al fuego lento del trabajo callado, de aquellas primeras salidas en el paso del patrón, a tu misterio de hoy. De la hermandad de los toreros, a la allá para siempre cofradía de los niños simiente de tantas vocaciones cofrades. Quien te ha visto y quien te ve hermandad de la Burrita, tan distinta y tan igual, renovada y sin dejar de ser la misma, el pregón que anuncia que todo empieza y que empieza bien. Con Jesús sonriendo y una mujer, musa de todos los angeles, sonriendo con el. Y sonriendo los niños, y sonriendo los padres, y sonriendo los abuelos cuando San Pedro abre sus manos para que la Semana Santa se derrame por Huelva. Hermandad de la Burrita, mas sabia, mas curtida pero también mas nueva. Ayer los flechas navales, hoy la Banda de la Salud, rasga hasta llenar de colores el alma de una ciudad que inclina reverente su cabeza ante la bendición del hombre que camina a lomos de Platero desde la gloria a la pasión. |
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