" Aquella Huelva era una mujer sencilla, humilde hasta el extremo y luminosa hasta el infinito, que a la caída de la tarde, esas tardes a medias naranja y a medias celeste, se sentaba en el umbral de su casa de la que nunca cerraba las puertas para ver pasar la vida. Y a su paso saludarla e invitarla a sentarse. ¡Qué no hay prisa mujer, qué el tiempo eres tú! Y la vida se sentaba cautivada por tanta sabiduría y generosidad. Y Huelva y la vida hablaban de sus cosas de mujer mientras la tarde se hacia eterna de luz. Una luz rosa que se despertaba y se iba a dormir cada día tras aquel horizonte de marismas donde ya se veía venir, como el marinero a su puerto, el futuro y sus promesas. Promesas también de cofradías, luminarias de esperanza en tiempos de post guerra a las que el onubense se agarraba en busca de ilusiones y expectativas para su vida. Y las halló en aquella casa por hacer que era la Semana Santa, bebió en al fuente antigua de la historia, de la que los judíos es herencia estampa perenne de una Vega Larga recogidamente coqueta donde la ciudad casi terminaba. ..."